Fiorenza Pancino. Il Cibo dell'anima - El alimento del alma

De del dia 07/07/2017 hasta el dia 03/09/2017
Chiara Casanova

Sala de exposiciones del Museu del Càntir. Del 7 de Julio al 3 de Septiembre

Inauguración Viernes 7 a las 18,30 h

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Exposición de la artista italiana de Faenza, Fiorenza Pancino 

El alma no se nutre: un viaje interior

La función del arte se ha ramificado en multitud de formas a través de los siglos, pero si tuviéramos que indicar un denominador común que recorra la actividad artística desde los origines hasta nuestros días, la palabra “investigación” podría ser la protagonista. Exploración de la realidad, tanto fenoménica como interior, y aspiración a conocer mundos trascendentes; indagación del sí mismo y de la alteridad; búsqueda de consensos y de autoafirmación, inspección de mundos desconocidos e inexpresados, exploración de lenguajes inéditos: la investigación es la acción que pone en relación la gestualidad de una mano grabada en una cueva, la provocación de un aséptico ready-made y la frialdad tecnológica de una videoinstalación.

Fiorenza Pancino, artista italiana formada en el ámbito de la tradición cerámica de Faenza, siempre ha declarado sentirse una investigadora. Para ella, la cerámica ha sido un punto de partida firme y seguro, cuyo privilegio de ser un arte guiado por el “pensamiento de la mano” es reivindicado con orgullo aún hoy. Como bien se sabe, la complejidad de los procedimientos y de las técnicas cerámicas puede conllevar el que muchos ceramistas sacrifiquen, en aras del oficio, aquellas categorías estéticas indispensables a la indagación artística contemporánea. No es éste el caso de Fiorenza quien, explotando al máximo las posibilidades expresivas de la mayólica, conduce su investigación hacia territorios sorprendentemente originales, en los que el elemento primordial del recipiente se convierte en propuesta artística exquisitamente actual. Mayólica, por tanto, como material predilecto en el que el virtuosismo y la tecnología no suponen un corsé sino que, al contrario, actúan como elementos de transgresión. La artista hace que las fronteras del objeto cerámico se dilaten hasta adaptarse al ambiente arquitectónico en coloridas instalaciones, a las que a veces se suman las estrategias performativas que hacen que su cerámica desemboque en el videoarte.

Cada nueva exposición de Fiorenza es el resultado de una íntima exploración realizada como búsqueda de nuevas respuestas a antiguas, apremiantes, preguntas. Cada nueva obra nos sorprende y desconcierta como un déja vu: se nos presenta con los colores chillones de siempre, con las formas irreales y biomórficas de los organismos vivos, que a veces llevan decalcomanías con irreverentes retratos, como fotogramas aislados de una performance anterior. Luego advertimos que cada obra es un salto diferente, siempre hacia adelante: una nueva respuesta. Nos damos cuenta que lo que se repite, como un silencioso leitmotive, es la modalidad minuciosa de su autoanálisis, de sus indagaciones interiores que colindan con los procedimientos del arte terapia, insistiendo en los temas ancestrales que obsesionan desde siempre, no solo a la artista: los sentimientos, el orden y el desorden interiores, la nutrición, el alimento.

En la exposición de Argentona podemos observar el muestrario más reciente, pero no definitivo, de respuestas cerámicas a las preguntas atávicas sobre la nutrición del cuerpo y del alma, en un recorrido estético surcado por estereotipos, tópicos, fobias y miedos relacionados con la alimentación. Fiorenza nos presenta un personal viaje iniciático brindado al espectador a través de flashes en los que cualquiera podría reconocer los propios miedos relegados a la sombra. El recorrido parte desde el recipiente, primer estereotipo de la cerámica, cavidad y metáfora del útero materno, acogedor solo en apariencia. El primer receptáculo o jarrón, engobado y pintado con esmaltes diluidos pero aún vistosos, nos muestra solo desde cerca el dibujo de una planta carnívora. Una cratera abierta y acogedora parece ser también el otro receptáculo esmaltado sobre el que se extiende, con su arrolladora tridimensionalidad, la amenazadora planta carnívora mimetizada en sus iridiscencias cobrizas y plateadas. No sin ironía hacia la tradicional pottery, la artista nos presenta, además, la vasija-no vasija, un recipiente perforado, rematado y perfecto, aprisionado en una forma que niega su originaria función de acoger y contener, sobre la cual se asienta otra inquietante dionaea muscipula.

Superada la primera prueba, el espectador se encuentra con la Piccola ape furibonda (Pequeña abeja enfurecida), una instalación en la pared compuesta por numerosos cuencos blancos, fingidamente inofensivos. Fiorenza, artista que se nutre de color, que alimenta su cerámica con policromías vistosas, parece estar siguiendo la dieta del blanco y negro, quizás porque a través del ayuno consigue ser visionaria. Si nos acercamos a la obra, el impacto es desconcertante, ya que se descubre que cada cuenco encierra un primer plano de la artista mientras intenta engullir, en modalidad bulímica, autodestructiva e irreverente, alimentos crudos que deberían ser dosificados, o al menos cocinados. Como la poetisa italiana Alda Merini, en cuyos versos esta obra se inspira, Fiorenza busca “armonía y desencanto” y, nutriéndose de cerámica, a menudo encuentra poesía, dolor y fragilidad. Todavía otra prueba con la dieta del blanco y negro, en la que Pancino nos presenta Alimento para el alma: y nosotros nos preguntamos una vez más si el “no color” es una restricción autoimpuesta o una especie de anorexia cromática. Nos disponemos a pensar que el interior del pie de un gigantesco hongo negro dé cobijo a una vigorosa colmena, y que la pequeña abeja enfurecida, apoyada en una de las esporas, presente los rasgos de la artista, que devora toda la acidez de un limón, preparada para usar su venenoso aguijón.

Después de tanto régimen hipo-cromático, el recorrido estético de Fiorenza nos conduce a los orígenes de la vida, al banquete cromático típico de su cerámica de siempre, metáfora del alimento primordial que, en un viaje de regreso, nos conduce a la leche materna que nos arraiga a la vida. Pero quizás las aberrantes e hiper-cromáticas Tetas, que aparecen como enormes sinécdoques de una madre ausente, se sugieran al espectador como perturbadoras amenazas hacia sus consolidadas certezas.

Alimento para el alma o Carnívora negra constituye un salto cualitativo hacia una nueva madurez artística de Fiorenza, en la que la forma, cada vez más libre de anclajes técnicos, acoge con libertad los virtuosismos expresivos de la mayólica. En un inédito enlace cerámico, la forma incrementa de modo dramático las armonías cromáticas hundidas en el negro, mientras los desafiantes contrastes creados por los lustres y los reflejos cerámicos capturan y disuelven vorazmente la luz. Probar, empacharse, rechazar la comida y el color como preliminares de una búsqueda profunda y exquisitamente personal. Pero, ¿existe alguna vianda capaz de alimentar al alma? La respuesta de la artista la encontramos al final del viaje, en las obras que dan el título a la exposición. El alma no se nutre resuena como el eco de los contrastes del rojo y del azul contra la opacidad del negro; es la respuesta perentoria que la artista nos brinda como cierre de su investigación.

Josune Ruiz de Infante. Crítico de arte y docente de Historia del arte en el Liceo Clásico de Rávena